Mostrando entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta méxico. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de mayo de 2012

Que no culpen al pueblo de ser el hacedor de la violencia



*


Gabriel del Río escribió este poema muchas décadas atrás, sin pensar que en pleno siglo XXI su vigencia resultaría una dolorosa realidad.

Que no culpen al pueblo de ser el hacedor de la violencia

Gabriel del Río

No son los pobres pueblos indefensos
los que desean la guerra
porque el miedo que inspiran
no es por sus bayonetas,
ni por la negra mira
de su fusil humeante;
es por el blanco obús de la alborada
que hay en sus vidas tristes
en sus rostros y frases.

No son los pobres pueblos indefensos
los que quieren morir
en la trinchera
y si les tienen miedo
es porque los acorralan
como a fieras.
¿Por qué va a preferir 
el campesino
una bala en el vientre
en lugar de la risa
--argentina y albeante--
de sus hijos?

El no quiere la lid,
ni ha pensado en matar,
ni va tras la huella
del enemigo vil,
ni encarcela poetas,
ni rompe con bota militar
las angustiadas puertas.

El no busca pelea
aunque va al desafío
cuando el fuerte lo reta
porque no es un cretino.

Que no culpen al pueblo
de ser el hacedor de la violencia;
que no crean que las rejas
van a ser el final de su conciencia.

Y cuando el hombre alcance
la hora vesperal
y sobre el gris cadáver
se disponga a llorar,
que no digan que el débil
hizo los días de sangre,
ni el incendio voraz.


* Cuadro de José Clemente Orozco

lunes, 22 de septiembre de 2008

El Rebozo


El Rebozo es el poema más importante en la obra de Gabriel del Río. Está inscrito entre lo mejor de las letras mexicanas del siglo XX, a pesar de que las inercias gubernamentales han impedido que se le dé la difusión que merece.

Se trata de un poema exquisito que, de principio a fin, relata cómo llegó a México esta prenda de vestir y cómo de ser un accesorio para las clases pudientes acabó convertida en el paño de los humildes.

El Rebozo, poema que se publicó de manera individual, ha sido declamado en poesías corales e individuales de muchas escuelas y es el ejemplo más claro de la maestría que lograba Gabriel del Río al escribir.




EL REBOZO
Por Gabriel del Río Ortiz

El rebozo mexicano
se fue a la sierra sin miedo,
rayo de luz en la noche,
virginal azul de incienso.
Terciado por los caminos
que descienden de los senos,
nostalgia de plumas de ave
en el leve rapacejo.
Se fue a la revolución
porque era parte del pueblo
y hacía suyas sus desdichas
y compartía sus anhelos.
El rebozo nunca quiso
vivir con los privilegios,
sino compartir el pan
y la sal del sufrimiento
Un día llegó por los mares:
lo traían en cautiverio,
venía en la Nao de China,
su prisión y su sendero
y brillaban con la luna
los caminos de sus flecos.
Era mantón de Manila
que llegaba a mundos nuevos,
serpientes de cascabel
y peces de cuerpo entero
con escamas relucientes
traía el chal aventurero.
Cien mil gusanos de seda
en un moral le habían hecho
su cuerpo de lluvia fina
y el rocío de sus dedos.
Llegó a hurtadillas, sin ruido,
por el misterioso piélago
y se convirtió en huipil
y en mantilla de paseo,
punto de cruz, chupamirto
y receptor de luceros.
Salió de la alcaicería
en su cajita de cedro,
pero a través de un anillo
pasó su cuerpo primero,
cuerpo dúctil, serpentino,
corporización del viento.
En Santa María del Río
subió a la ermita del cerro
y se entregó a la doncella
el día de su casamiento
y le rodeó la cintura
con sus largos dedos tersos
y le acarició los hombros
y se le prendió en el pecho
El rebozo de bolita
brilló bajo el sol de enero;
se vistió de plata y oro
en el matinal paseo
y presenció los rubores
nacidos del primer beso.
Asistió a la fiesta brava
y también al jaripeo
y en Veracruz se anudó
en mágico zapateo;
fue a salones elegantes
con damas y caballeros
de la rancia aristocracia
del México palaciego.
El aroma de Oaxaca
lo impregnó en caminos viejos
y una ollita de mezcal
lo volvió dicharachero;
luego bailó la sandunga
con ritmo, gracia y salero
y con el son jalisciense
echó sus penas al viento
y se humedeció los labios
con rompope del convento
en Puebla, donde los ángeles
de añil tiñeron al cielo.
Pero no se sintió a gusto
con aquello ajetreos
y prefirió ser abrigo,
cuna y mortaja del pueblo
y compartir sus tristezas
y ser su fiel compañero,
lo mismo al tomar las armas
que al rezar el Padre Nuestro,
en el hambre y la quimera,
en el cruel alumbramiento
y en el callado camino
a reunirse con sus muertos.
Para ese rebozo amigo
es el cincel de mis versos
porque lleva entre sus pliegues
carnes morenas del pueblo
y trenzas bien apretadas
de negro y frondoso pelo,
porque es un paño de lágrimas
y cruz en el cementerio;
porque en medio de las balas
sube a la sierra, sin miedo,
rayo de luz en la noche
¡virginal azul de incienso!
* Transcripción y foto del cuadernillo (2004), Orlando del Río

martes, 16 de septiembre de 2008

México Niño

México Niño fue uno de los poemas consentidos del autor.
En él es claro el conocimiento y amor que Gabriel del Río tenía sobre la historia de México.
Prueba de ello son sus referencias a la época de la Conquista, las posteriores invasiones de Francia y Estados Unidos y la época actual, con sus tecnócratas incluidos.
Aunque no le tocó verlo en vida, Gabriel del Río vislumbró un futuro brillante para México el día que decida despertar de su letargo.
Se trata de la versión extendida de México Niño, publicada en el libro Desde la Azul Entraña (Edamex, 1997). Los tramos que el autor aumentó al poema original, que es el publicado en La Rebelión de las Flores, están resaltados con cursivas.




MÉXICO NIÑO
Gabriel del Río

México Niño de leyenda oscura,
de la que emana luz, a borbotones,
luz de centauros, de palabra dura,
aire de trópico, plenitud de soles.
México de tragedia en las espuelas,
México del rebozo que protege,
en tu orfandad de siglos siempre llevas
el clavo ardiente de tu amarga suerte.
La cruz del español hirió tu entraña
y extrajo barras de oro amarillento
y para que al robarte no lloraras
un ayate pintado dio a Juan Diego.
Por el mismo camino en desventura
asomó Francia con audaz mirada
y al ver tu cara de azafrán y luna
hundió su garra y mancilló tu casa.
El yanqui, tan cobarde cómo siempre,
el insípido rubio equilibrista,
tan codicioso de lo que otros tienen,
creyendo que se compra hasta la vida,
llegó a tu puerto y al mirarte solo
creyó que tú tampoco tenías madre,
clavó en tu faz su enrojecido ojo
y regó sin piedad tu niña sangre.
El oro negro de tu azul entraña
Se convirtió en tu cruz y tu martirio
y atrajo la codicia y la acechanza
del diabólico yanqui, tu enemigo.
Aventureros de la peor ralea
hicieron de la sangre fraticida,
sin el menor rubor, botín de guerra,
y dejaron después mala semilla.
Semilla mala que volvió de Harvard
convertida en solemnes doctorados
y en filosos puñales que en la espalda,
México niño, te hundieron, desalmados.
Se rasgaron entonces las neblinas
con las voces de acero de los hombres
que ayer forjaron tu radiante risa
y en tu honor liberaron cien mil bronces.
Desde el fondo doliente de la tierra,
México niño se escuchó iracunda,
la inolvidable voz de Tata Lázaro,
hecha dolor sin fin bajo su tumba.
Se oyó también la voz triste, doliente,
tierna como la flauta de carrizo
del indio niño que cuidaba ovejas
en Guelatao, a la vera del camino.
Como un sol, por el sur, tras la montaña,
entre las nubes regresó Emiliano
con el mismo fulgor en la mirada
y la verde esperanza hecha de barro.
México niño, no te sientas solo,
tus muertos protectores te acompañan
y se vuelven un índice de fuego
que acusa justiciero, en lontananza.
Tendrán que regresar sobre sus pasos
los traidores llegados desde Harvard,
escaparán cobardes cuando escuchen
las voces de Cuauhtémoc y Cuitláhuac.
Tecnócratas sin patria, te atacaron
y te robaron tu jirón de luna
pero tus lágrimas se harán estrellas
y tú las contarás una por una.
Benito, Tata Lázaro, Emiliano,
Miguel Hidalgo y el humilde Siervo,
José María Morelos, el titánico,
te darán otra vez tu azul del cielo.
No temas nada y canta, que la noche
es el heraldo de una nueva aurora,
tu orfandad ha de ser como un suspiro,
leve como el volar de mariposa.
Caerán vencidos por tus héroes muertos
los que te apuñalaron por la espalda,
volverán, humillados, a su averno
y tú retornarás a tu alborada.
México niño de pólvora y lamento,
con ojos de arrayán y de azabache,
México de cañones en los cerros,
México niño, voz de teponaztli.
Estás dormido porque aguantas clavos
y espinas y calvarios y vinagre
y hiel y humillación, saliva y palos,
hasta que enciendes albas con tu sangre.
Que tu hermana, la isla del azúcar,
se le volvió en la boca amarga al yanqui,
que de rodillas viven en la bruma
los pueblos de esta América con hambre.
Que ya la redención llama a la puerta,
que en Panamá el canal lleva mil lágrimas,
que va subiendo el odio en su marea
y viene por el sur la muerte escuálida.
México niño, duermes, duermes, duermes
en un sopor primaveral de mayo
¡Ay del tirano, cuando tú despiertes!
¡Fulminado caerá, bajo tu rayo!
Se oye en la pauta de la tierra madre
la voz sonora de tu raza mártir,
la magia de tu nombre ha de llevarte
al sendero con luz de los trigales.